El escritor italiano hace de la duda su brújula vital, pero reivindica los derechos humanos como una certeza incuestionable.
El protagonista de su novela más conocida, Sostiene Pereira, es un viejo solitario, viudo e introvertido, que se encarga de las páginas culturales de un diario. ¿Por qué haber escogido un antihéroe como protagonista?
Siempre me han gustado las personas atormentadas y contradictorias. Cuanto más dudes, mejor. Las personas que dudan mucho llevan a veces una vida más pesada y agotadora, pero son más vitales, no son máquinas. Prefiero el insomnio a la anestesia. No me gustan los personajes cuya vida es plena, satisfactoria. En mis libros no me pongo del lado del poder, sino del lado del que lo ha padecido. Mi primera novela, Piazza d’Italia, es un intento por contar la historia que no ha sido escrita, la historia contada por los perdedores, en este caso los anarquistas toscanos. Mis libros son sobre los perdedores, los extraviados, aquéllos que están buscando.
¿Buscando qué?
Buscándose a sí mismos a través de los demás, porque creo que ésa es la mejor manera de buscarse a uno mismo. Es la búsqueda del protagonista de Nocturno hindú, quien va tras las huellas de un amigo desaparecido en la India. Es también la de Spino, el protagonista de La línea del horizonte, quien intenta dar una identidad a un cadáver anónimo. No sé si estos personajes logran encontrarse a sí mismos, pero sin duda en sus recorridos existenciales no tienen más remedio que enfrentarse con la imagen que los demás tienen de ellos, están forzados a mirarse como en un espejo, y tal vez consigan entrever algo de sí mismos.
A raíz del éxito que obtuvo su libro Sostiene Pereira en Italia, en 1995 se mencionó una eventual candidatura suya al Senado. ¿No se arrepiente de haberla rechazado?
No. Me gusta continuar con la vida que escogí. Soy profesor universitario y me gusta serlo. La literatura es mi vida, claro, pero desde un punto de vista ontológico; desde un punto de vista existencial me gusta ser profesor. La literatura para mí no es un oficio cotidiano, sino algo que pertenece al deseo, a los sueños, a la fantasía. Tampoco quiero convertirme en el promotor de mi propia imagen. No me gusta aparecer en la televisión, ni frecuentar los círculos literarios. Vivo retirado en mi casa, con mi familia, y mis amigos. Además, hay políticos que ejercen su profesión mucho mejor que lo que yo podría hacerlo. Me parece más interesante mantener fija mi mirada en el político; mi función es mirar lo que hace el político, no reemplazarlo.
Su última novela, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1997), se basa en el asesinato de un hombre en una comisaría de la Guardia Nacional Republicana, en las afueras de Lisboa, cuyo cuerpo decapitado fue encontrado en un parque. ¿Por qué haber escogido este hecho real como punto de partida de su novela?
Estaba en Portugal cuando ocurrió este hecho, que es de una violencia y un abuso inauditos. Esto me afectó de una manera muy profunda. Cuando un crimen ofende la naturaleza humana, nos ofende también personalmente. Te sientes al mismo tiempo escandalizado y culpable. Mi emoción, mi sensibilidad y mi imaginación como escritor fueron conmovidas por este hecho. Mire, aquí tengo los documentos elaborados por los inspectores del Consejo de Europa para los Derechos Humanos de Estrasburgo, que son los encargados de verificar las condiciones de detención en los países europeos. Los informes se refieren a la relación policía y ciudadano en las comisarías, esos lugares de detención adonde usted o a mí nos llevarían hoy si cometiéramos alguna infracción en la calle.
¿Recurrió a estos documentos para escribir su novela?
Sí, quería conocer cómo era la situación específicamente en Portugal, donde es bastante preocupante. Aunque leyendo otros informes me di cuenta de que también lo es en otros países europeos, en casi todos, incluso en los que parecen más democráticos. La democracia no es tampoco la perfección. Hay que mejorarla, y para ello hay que vigilarla y permanecer siempre atentos. Pensé entonces que debía sobrepasar el hecho real y hablar a través de una novela, encargarle a la ficción este hecho violento. Si escribía una novela, mi emoción y mi indignación encontrarían un modo de expresión más amplio porque es más simbólico, aplicable a muchos países de Europa.
¿Cuál fue la reacción de la opinión pública portuguesa cuando publicó su libro?
Me pidieron pocas entrevistas. Todos somos en general poco autocríticos y por eso puedo entender que cuando un escritor extranjero escruta demasiado una realidad puede resultar molesto. Pero cuando el sargento José dos Santos, el autor del crimen, finalmente confesó y fue condenado a 17 años de prisión, los diarios portugueses me preguntaron cómo había hecho para predecir el desarrollo del juicio en mi novela, como si yo fuera una Sibila. En ese momento estaba en Estambul y cuando llegué a mi hotel me estaban esperando varios fax con preguntas de los diarios. Pero debo confesar que no creo tener mérito alguno, pues cuando se dispone de tres o cuatro elementos no es necesaria una gran inteligencia para llegar a ciertas conclusiones. Además, la fantasía y la literatura también son una forma de conocimiento intuitivo, que tiene poco que ver con la lógica de Wittgenstein,1 como afirmo en La gastritis de Platón, pero que también son una forma de conocimiento, el de la sospecha y la duda.
Este último libro recoge su debate con el semiólogo y escritor italiano Umberto Eco. ¿En dónde radica su desacuerdo con él?
Para Eco, el intelectual es un organizador de la cultura, es el que puede dirigir una revista, un museo. Un administrador, mejor dicho. Me parece una posición melancólica para un intelectual. Yo reivindico el derecho a las tomas de partido ocasionales. Cuando una cosa oscura está pasando en el mundo o en tu casa, tienes el deber de salir a explorar este problema para ver si lo detectas, lo particularizas, lo transmites y das la alarma: “Cuidado, está pasando esto en mi casa, en mi ciudad, o en el mundo, que también es mi casa.” De lo contrario el intelectual sería un personaje completamente insensible que dice: “Algo sucio está pasando en mi casa, pero no puedo interesarme en él porque estoy organizando el catálogo de la próxima exposición de pintura del museo de mi ciudad.”
¿Cuál cree entonces que es el papel del intelectual?
Si la función de un político es tranquilizar, mostrar que todo anda bien gracias a su presencia, la mía es desasosegar, poner a dudar a la persona. La facultad de dudar es muy importante para el hombre ¡Caramba, si no dudamos estamos perdidos! El intelectual va a dudar, por ejemplo, de una doctrina religiosa fundamentalista, de un sistema político exacto e impuesto o de una estética perfecta, que no dan cabida a ninguna duda. Las dudas son como las manchas sobre una camisa. Me gustan las camisas manchadas, porque cuando me dan una camisa demasiado limpia, completamente blanca, lo primero que me asalta es una duda. La función del intelectual y del escritor es dudar de la perfección. En la perfección creen los teólogos, los dictadores y el pensamiento totalitario.
¿No teme equivocarse?
Hay unos valores fundamentales sobre los cuales es imposible equivocarse. Nadie puede equivocarse con el mandamiento que dice “no hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti mismo”. Esto es algo fundamental, pertenece a la naturaleza humana. Tampoco tengo dudas sobre la Declaración de Derechos Humanos. Eventualmente habrá que añadir otros, pero no albergo ninguna duda sobre ellos.
Los políticos también tienen que tomar decisiones. Para actuar hay que dejar los titubeos.
Sí, pero aun así me gustan más los políticos que prestan oídos a las dudas de los otros y empiezan ellos mismos a dudar un poco. Es muy fecundo porque las opciones en el mundo son muchas. Por desgracia los políticos hoy en Europa están más preocupados por los balances y las cuentas que por los valores. Son como los intelectuales de Eco: administradores de la política, funcionarios.
¿Que quiso expresar cuando tituló uno de sus artículos “L’Albanese sono io” (“El albanés soy yo”)?
La sal de cualquier civilización interesante es la mezcla. Una civilización cerrada sobre sí misma es estéril. Las civilizaciones que merecen más atención son aquéllas que han logrado integrar varios ingredientes y elementos. Como escritor siempre he cultivado la alteridad. El primer fundamento de cualquier novela es desear ser otra persona. Por tanto, crear un personaje. Hay un deseo humano por ser otro pero sin dejar de ser al mismo tiempo uno mismo. Me parece fundamental defender este principio también en la realidad.