martes, 15 de julio de 2008

Las Guerras de este mundo

Congreso: Las guerras de este mundo: sociedad y poder en la obra de Mario Vargas Llosa.

Fragmentos:

De Conversación en La Catedral: "La verdad que cuando escribí la novela ni siquiera pensé en esa frase", dijo Mario Vargas Llosa acerca de una interrogante que ha calado en nuestra conciencia: "¿En qué momento se había jodido el Perú?".

"Pese a compartir la misma carpeta durante tres años, y haber hablado de fútbol y de chicas, no recuerdo haber conversado de literatura contigo. ¿Por qué?", le preguntó José Miguel Oviedo, compañero del escritor en el colegio La Salle. Luego de comentar con indulgencia una acuarela que el actual crítico literario (y ahora sabemos casi pintor) le dedicara entonces, Vargas Llosa respondió que "era (la literatura) una compañera secreta. Aunque comencé a leer a los diez años, a partir de 1946 pasó a ser una actividad clandestina. Fue cuando empecé a vivir con mi padre, que no apreciaba esas aficiones".

Al recordar su vida universitaria en San Marcos durante aquellos años, "estábamos rodeados de mediocridad, con profesores encarcelados y soplones en las aulas. Se pensaba renunciar al éxito porque ser exitoso significaba hablar aplastando al otro. La sensación principal era de asfixia. Y más allá de las fronteras, la literatura era lo único estimulante. Quizás esté siendo injusto, pero recuerdo la sensación de preguntarme: '¿en qué país nos ha tocado vivir?'. Ese fue el material con el que diseñé a Zavalita", relató el escritor.

¿Pesimista? "Soy muy optimista, sino no escribiría ni opinaría sobre política, porque pienso que se puede hacer algo. Pero cuando escribo, creo que ese pesimista inconsciente levanta la cabeza".

Enrique Krauze pidió a Mario dos consejos: uno para los jóvenes aspirantes a escritores y otro para aquellos jóvenes con ambiciones políticas. "Un signo inequívoco de que estamos envejeciendo es que vengan a pedirnos consejos", dijo Mario Vargas Llosa. "Cortázar me decía: cuando venga un joven hay que hacer lo que los maestros Zen con los candidatos a monjes: romperles la cabeza con una silla y decirles cosas desarmantes para disuadirlos. Y es que las estadísticas de que lleguen a ser buenos escritores son muy pocas, raras veces depende del talento. Incluso, pueden ser reconocidos póstumamente y ni se enterarán. Si sobreviven a esta prueba significará que tienen pasta de escritores, que tienen vocación. Escribir es una terquedad pero también es aburrimiento, es ir a ciegas, es trabajo, es sudar la gota gorda. Hay muy pocos Rimbaud".

Para la segunda, confesó sus limitaciones: "No puedo hablar con tanta convicción porque, aunque se reirán, yo no soy un político y lo descubrí haciendo política. Pero yo les diría que siempre hay esperanza. Cuando era joven creía que no había esperanza pero era absolutamente falso. Hay que hacer las cosas bien. Lo peor de América Latina han sido sus dictadores y nosotros hemos sido culpables de eso al permitirlo. Yo conminaría a los jóvenes a conseguir el objetivo de erradicar la tradición autoritaria. Hay que construir una cultura de democracia y de libertad, que es una palabra hermosa, concentra todo lo que hay de decente y de humano en nosotros... Veo con cierto asombro que he terminado haciendo un discurso político".

" La forma determina que una historia sea buena o mala, pero la forma al servicio del personaje", afirmaba el creador de La Guerra del Fin del Mundo. "La novela no es un género que ha nacido para contar verdades, sino para contar mentiras que parecen verdades", "la objetividad de una ficción es otra ficción".

Habló también de su rechazo a la novela como sinónimo de verdad objetiva y radical. Dijo además que no creía en la diferenciación categórica entre "la realidad real y la realidad literaria". Tampoco concibe una historia sin la previa documentación e investigación, algo que dependiendo del tema le puede provocar una prolongada efervescencia y apasionamiento.

Se asombra aún por la forma como trabaja su memoria, jugando con los recuerdos sin proponérselo. Aparecen imágenes, odios y alegrías escondidas que de pronto se convierten en elementos útiles para la narración.

Lo conmueve la tragedia y el melodrama y se siente seducido por escribir historias truculentas, excesivas, que expuestas al lector transparentemente podrían llegar a ser inverosímiles. "Cuando uno es joven cree que la oscuridad es sinónimo de profundidad", pero cuando uno crece sucede todo lo contario: "La hazaña más difícil es contar una historia con un artificio tan logrado que sea transparente".

"Quiero preguntarte por la frase famosa ¿en qué momento se jodió el Perú?, le preguntó Abelardo Oquendo el primer día del Congreso. "Muchos han querido hacer interpretaciones de esa frase", continuó Oquendo. "¿Quisiste realmente interpretar algo sobre el Perú o fue producto de un estado de ánimo?"

"Fue resultado de un estado de ánimo no sólo mío sino de mi generación", contestó. "Vivíamos bajo una dictadura que no era especialmente sanguinaria si se la comparaba con otras de su época. Sin embargo era terriblemente corrupta. Yo tenía la sensación de que si quería ser escritor, tenía que irme de aquí. El escritor no era un tipo considerado ni respetado ni valorado". "Yo sentía que para nosotros, que nos interesábamos por la literatura, quedarse en Lima era como vivir en la asfixia".