lunes, 6 de octubre de 2008

¿Hay señales de gobierno? El capitalismo vive su Ensayo sobre la Ceguera

En el cine y en las novelas no hay fuerzas de redención para la anomia descrita por Saramago. Algo semejante ocurre en estos días marcados por un cierto conformismo bovino en la fila del matadero.

En una de las escenas de la película "Ensayo sobre la Ceguera", adaptación de Fernando Meirelles de la novela de Saramago, el personaje pregunta a la esposa (poseedora de una visión que perdura en la soledad de un mundo que perdió la capacidad de percibir y auto dirigirse): "Hay señales de gobierno?"

La respuesta es dada por el angustiante paseo de la cámara en las calles de una metrópolis donde nada funciona. Lo que las lentes muestran son bandos de andrajosos y hambrientos vagando sin destino. Modalidades previsibles de la barbarie que llenan los espacios en los que el Estado se desmoronó y los valores de la convivencia humana se eclipsaron. La autorregulación de los mercados no funcionó.

Quien vaya a ver esta película en estosdías de convulsión financiera difícilmente se resistirá a laanalogía. La crisis iniciada en los Estados Unidos,que de a poco va contaminandoal resto del planeta, es el Ensayo sobre la Ceguera de quien vive bajo la supremacía de los mercados desregulados en los albores del siglo XXI. De laizquierda a la derecha, de los trabajadores a los banqueros, pasando por gobernantes, economistas y líderes políticos, casi nadie consigue entrever la real extensión de un colapso que se arrastra desde agosto de 2007.

En un crescendo , se derrama de un sector a otro, salta de país en país como una fatalidad intangible e ingobernable cuya visita solo nos resta aguardar.Pero lo más inquietante, por sobre todo, es la invisibilidad de alternativas que puedan conducir a la sociedad a una nueva visión de la economía y su desarrollo, escapando a la propagación inexorable de sacudidas que hacen eclosión con intervalos cada vez menores y con una virulencia cada vez mayor (1987 -1988-2001-2003-2007-2008).

En el cine y en las novelas no hay fuerzas de redención para la anomia descrita por Saramago. Algo semejante parece ocurrir en estos días marcados por un cierto conformismo bovino en la fila del matadero. Reside allí, tal vez, la verdadera dimensión sistémica de la crisis. No se trata apenas de un atributo de alcance económico, sino de la virtual incapacidad política de sus protagonistas para accionar un cambio de rumbo, comportándose cada quien como una parte inseparable del engranaje que ha fallado. Son tiempos trágicos en ese sentido.

Como en la alegoría del escritor portugués, lo que se "entrevé" a través de un noticiero errático son las figuras vacilantes una tragedia griega. Cada paso indeciso que los gobernantes dan para impedir que ella se esparza y se cumpla, es un paso más que asfalta el camino para que esta avance. La ceguera es la jaula ideológica construida a lo largo de décadas de retrocesos y concesiones a los mercados y sus dogmas.

Múltiplos de 100 billones de dólares ocupan los titulares hace semanas anunciando la solución definitiva para el impasse. Al día siguiente una nueva quiebra señaliza la dinámica de un colapso subterráneo. Lo que se esfumó fue el consenso indispensable que sustenta la fijación de los valores de intercambio en el corazón del sistema. Los mercados financieros no saben (o esconden) cuanto valen los activos en descomposición inscriptos en su metabolismo. La seguridad que sustenta y ordena la arquitectura del valor de cambio en el capitalismo patina peligrosamente.

Billones y trillones son equivalentes y nada detiene la pulverización que está en marcha. En la película de Fernando Meirelles un grupo de ciegos se encamina por el mismo laberinto cuando asume el poder en un campo de concentración. En principio mimetizan el orden anterior exigiendo dinero a cambio de la comida que es escasa. Después, pragmáticos, adoptan el valor de uso: "Envíen a las mujeres".

Hoy se asiste a un movimiento de fuga para la seguridad cuya última trinchera, antes de que la vida imite el arte, son los títulos del Tesoro norteamericano. No importa que los treasures ofrezcan rendimiento casi negativo en este momento. Lo que la riqueza fiduciaria mira es un abrigo de poder. Se busca el postrero oasis capaz de legitimar, militarmente si fuera preciso, la supuesta equivalencia entre la riqueza ficticia y lonjas de riqueza real disponibles en la sociedad – oro, máquinas, tierras, petróleo, alimentos, armas...

La inexistencia de fuerzas para imponer otra regulación otorga coherencia a la intuición de los que detentan la riqueza. Al contrario de la parábola de Saramago, el capitalismo real no se autodestruye. Así, como no existe autorregulación no hay autorevolución del capital. Lenin dedujo que la política es economía concentrada. Pero si ella no alcanza la densidad necesaria a la izquierda, la respuesta vendrá de la derecha como de hecho ocurre en este momento.

En la crisis del 29, cuando la Bolsa se derritió y el desempleo alcanzó a 1 de cada 4 norteamericanos (en 1933 a tasa de desempleo fue de 24,9%), la relación de fuerzas existente en el mundo era diferente a la que existe actualmente. Doce años antes del crack una revolución obrera instaló el primer gobierno comunista de la historia en una de las mayores naciones del planeta.

Alemania drásticamente alcanzada por la confluencia entre la crisis internacional y las reparaciones de la Primera Guerra, también presenció la eclosión de un poderoso movimiento socialista que casi tomó el poder en el país. Su fracaso determinó la ascensión expansionista del nazismo.

El economista Paul Krugmann recuerda aún que los desempleados y veteranos de la Primera Guerra Mundial levantaron una favela (barrio de chabolas) en la principal avenida de Washington durante la crisis. Familias hambrientas, desempleados rurales y urbanos entraron en conflicto con el Ejército norteamericano en las calles de ciudades en varios puntos del país.

El PIB cayó un 27% entre 1929 y 1933. Nueve mil bancos quebraron. La tasa de desempleo sólo volvería a situarse en un dígito con el esfuerzo de la movilización provocada por la Segunda Guerra, en 1941. Fue un tiempo de miseria y simultáneamente de avance social, con la expansión del sindicalismo y de las ideas socialistas en todo el mundo. Fue esa relación de fuerzas que impuso a la crisis del 29 un New Deal hecho de una dura regulación estatal de los mercados financieros, asociada a frentes de trabajo, bonos de alimentos, refinanciamiento de viviendas e inversiones públicas masivas en infraestructura, habitación e agricultura.

Es la ausencia de esa misma correlación, que da al actual secretario del Tesoro norteamericano, Henry Paulson, la libertad de un bombero miope, que con su manguera sólo divisa el tejado del edificio e ignora las llamas que devoran los pisos inferiores..

La historia de estos días es la historia de una agonía anunciada reiteradas veces en los últimos años. Pero la agonía aún no es la muerte para un neoliberalismo comatoso y ciego. Vale recordar la lección de Gramsci: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no consigue nacer. En ese interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos.”

* Saul Leblon es periodista

Texto original. www.cartamaior.com.br