miércoles, 12 de marzo de 2008

MVLL- OPINIONES Y REFLEXIONES

-Muchos te consideramos un gran escritor, pero, al mismo tiempo, algunos te acusan de cierta frivolidad. ¿Qué opinas? ¿Crees que es justo?
-No creo ser una persona frívola. Lo que se considera frívolo, lo que se asocia con la frivolidad, a mí me ha aburrido siempre soberanamente. La vida social, por ejemplo, no digo que no la haga, porque nunca he pretendido hacer una vida digamos de ermitaño, pero es algo a lo que meresigno más que algo que me entusiasme hacer; me aburre, pero, cuando no puedo evitarla, pues pongo buena cara.
-Pero también puedes ser frívolo aunque no hagas vida de sociedad...
-Depende de a qué llames frivolidad. ¿Qué cosa es exactamente la frivolidad? Yo pienso que es la confusión de valores, de lo que es importante con lo que no es importante y que eso se llegue a mezclar de tal manera que no se puedan establecer jerarquías. Y yo pienso que tengo las jerarquías bastante claras. Lo más importante, por ejemplo, es mi trabajo. A mi trabajo estoy dispuesto a sacrificar cualquier cosa.
-¿Incluso el amor?
-El amor, siendo importantísimo para mí, me podría llevar ocasionalmente, a una pasión tumultuosa, a pensar que voy a sacrificar mi trabajo. Sé que es una decisión que no duraría, probablemente, ni una semana porque daría marcha atrás y volvería a la literatura. Mi fidelidad a la literatura es absoluta, irrenunciable; ha pasado a ser algo casi orgánico en mi vida. La literatura exige una enorme concentración. Nadie que no sea un escritor sabe lo que hay detrás de un libro, cuántos meses y a veces años de una gran soledad, de un enorme esfuerzo para arrancarle al lenguaje una entonación, una entonación, una flexibilidad y, también, para convertir en algo concreto lo que es muy vago al principio. Eso exige tiempo y disponibilidad. ¿Cómo ser frívolo cuando tienes una vida tan concentrada? Ahora, si ser frívolo es que me gusten más las cosas buenas que las malas, desde luego, por supuesto, soy frívolo.
¿Crees en la felicidad?
—Creo en la felicidad como algo muy intenso y transitorio. Gentes totalmente felices me han parecido solamente los idiotas. ¿Cómo defino la felicidad? Pues como el acuerdo absoluto entre lo que quieres, lo que haces, lo que eres y lo que es tu vida. Y, para eso, necesitas carecer de imaginación, carecer de apetitos, carecer de fantasías... Luego solamente un idiota puede ser feliz. Ahora bien, creo que la vida ordinaria de cuando en cuando se interrumpe, se corta, con esos periodos maravillosos en los que sientes que la existencia tiene sentido, que está justificada. Y esos momentos son, a veces, tan ricos que te compensan de toda la infelicidad de la que forma parte el resto de la vida.
¿Eres católico?.
—Fui formado en una familia católica de modo que ahora, aunque no soy practicante y más bien un escéptico, esa formación se transparenta en mi modo de ser, pero prefiero no hablar de religión porque es algo extremadamente íntimo. Envidio al hombre que vive una fe auténtica, creo que su relación con la realidad, con la humanidad es mejor y no está constantemente cuestionado por las dudas.
¿Qué experiencias transmites a tus hijos y cuál es tu mensaje a la juventud?
-Procuro enseñarles lo que para mí fue decisivo: el hábito de la lectura y a seguir la propia vocación los lleve por donde los lleve. Quiero que organicen su vida en función de algo que realmente los motive, seguir la vocación es la mejor manera de no ser infeliz en la vida. Mi mensaje sería este para la juventud, y ah, que destierren del pensamiento la idea de la droga, porque anula y destruye la personalidad, que comprendan que la vida vale la pena de ser vivida, sin necesidad de ella.
Hace unos días en Uruguay, la Conferencia Episcopal presentó un documento que entre otros temas, atacó la despenalización del aborto. Como leí un artículo suyo sobre el mismo asunto unas semanas atrás, me parece una buena oportunidad para que desarrolle su pensamiento al respecto.
Es un tema muy delicado. Hasta los políticos tienen miedo de tocarlo porque provoca controversias y reacciones muy beligerantes de parte quienes se oponen. La paradoja es que los que dicen representar la opción pro vida, los antiabortistas, se vuelven más violentos, más agresivos, que aquellos que defienden los derechos de la mujer a decidir si quieren o no , tener un hijo.
¿Será en parte una forma de sujeción de la mujer?
Sin ninguna duda. Las democracias avanzadas han llegado a aceptar el aborto, a consecuencia de haber reconocido que la mujer tiene unos derechos que antes no eran respetados. El debate se desnaturaliza cuando se piensa que autorizar el aborto es lo mismo que promoverlo. Eso no es verdad. Es simplemente impedir que aquellas mujeres que se ven obligadas a llegar a este extremo, algo que siempre es una decisión dolorosa y a veces traumática, puedan ser incriminadas.
Por otro lado, la prohibición del aborto ha sido y sigue siendo una farsa, en gran medida. En primer lugar, porque es una realidad que está ahí y porque va a seguir con prescindencia de la prohibición o la autorización. Cuando no se permite, ello funciona de una manera discriminatoria hacia las mujeres pobres que no están en condiciones de acudir a clínicas privadas o viajar a países donde es legal. Entonces, caen en manos de curanderas o aborteras clandestinas que a menudo las malogran y hasta pueden morir. Esa es una realidad que no se debe soslayar
¿A quien corresponde decidir algo así?
Todas las democracias avanzadas han concordado en que es un derecho fundamental de la mujer esta decisión. No puede corresponderle al Estado, a la autoridad política. Es algo tan profundamente personal, tan íntimo, que sólo debe decidirlo quien esté en condiciones de juzgar los corolarios, sus consecuencias. El Estado tiene que proporcionar los elementos de juicio necesarios para que sea una decisión responsable y dentro de ciertas limitaciones. En general los países ponen como límite tres meses de gestación, a través de un trámite durante el cual la mujer tiene tiempo de reflexionar. Es una política que parece la más sensata. Mejor que las represoras que no sólo no reprimen, sino que además penalizan a aquellas más desfavorecidas, social y económicamente Quienes condenan el aborto no deben ser conscientes de que para una mujer , tener un hijo puede ser algo infinitamente más cruel respecto de la criatura. Es probablemente condenarlos a ambos, a unas condiciones de vida que no son dignas de ser vividas. Esa es la razón social que ha llevado a Inglaterra, a Francia, a los países nórdicos, a legalizar la práctica bajo ciertas condiciones.
¿Por qué cree que la Iglesia católica se opone a la mayoría de los métodos de planificación familiar?
Una avanzada política de educación sexual, que impida quedar embarazadas a mujeres y adolescentes por ignorancia, sería lo más adecuado. Pero la Iglesia, con su oposición a estos sistemas, excepto el que llaman natural, ha llevado a que haya tantos embarazos involuntarios. Ocurre que la Iglesia siempre ha sido represora del placer por el placer y cree que la sexualidad sólo se justifica en función de la reproducción. No lo discuto. Tiene derecho a sus creencias y sus fieles a seguirlas.
Pero yo no soy católico y no tengo por qué verme sometido a las directrices que derivan de esas posturas. Tampoco las mujeres que no sean católicas o que siéndolo, están dispuestas a transgredirlas por razones mayores. La Iglesia no debe interferir en las decisiones de aquellos que no se sienten obligados por principios religiosos que no comparten. Eso es la cultura democrática y es muy importante que la Iglesia no capture al Estado. De hacerlo, nos impondrían unas políticas que derivan de principios que pueden ser muy respetables, pero no se puede organizar la vida de quienes no los comparten, sin provocar una profunda fractura de la soberanía individual.
Se generaliza con aquello de estar a favor o en contra del aborto, cuando en realidad se trata de propugnar no el aborto, sino su despenalización.
Ese es un matiz muy importante, porque quienes abogamos por su legalización pensamos que se trata de algo muy doloroso para quienes recurren a ello. Sólo defendemos una opción, aunque sea triste. La bandera de los contrarios al aborto es presentarse como defensores de la vida, lo cual suena mucho mejor. Pero es una manipulación retórica. Quienes dicen defender la vida, en realidad muchas veces lo que defienden es la servidumbre de la mujer, a unos determinados condicionamientos sociales. Y con injusticias flagrantes porque establecen una clarísima discriminación entre las mujeres de altos y bajos recursos.

FUENTE:
http://www.geocities.com/awcampos/vista00.html