Tras dejarla, el barco siguió hacia Guam. A medio camino, en la noche del 29 al 30 de julio, dos torpedos del submarino japonés I-58 lo hundieron en 12 minutos. De los 1.196 hombres de la tripulación, 300 murieron en el desastre. El resto tuvo que mantenerse en las frías aguas durante cuatro largísimos días.
Al principio, los hombres no estaban tan preocupados, debido a que esperaban ver aparecer al Idaho USS. Sin embargo, el mando central de la marina estadounidense no tenía conocimiento del paradero del Indianápolis. Al amanecer, comenzaron a acercarse los tiburones. Los marineros comenzaron a sentir pánico al ver estos monstruosos tiburones tigre que les acechaban y empujaban con sus morros. Cuando los gigantes de
La masacre se extendió días, además de aumentar el número de tiburones tigre, algunos náufragos comenzaron a tomar agua salada. Esta ingestión produjo en ellos vívidas alucinaciones lo que provocó que decenas de marineros se alejaran de los grupos para ahogarse y ser devorados por los tiburones. Estos se retiraban por tres o cuatro horas, para regresar aún más feroces y emprenderla con los sobrevivientes. Muchos murieron durante los tres primeros días, de hambre y deshidratación, el resto estaba siendo cazado implacablemente y sufrir una lenta y horrible muerte. Casi 400 hombres fueron devorados por estas bestias marinas.
A las once de la mañana del cuarto día, un joven piloto -Teniente Wilbur Gwinn- al mando de un bombardero PV-1 Ventura descubrió a los náufragos en forma accidental en un patrullaje habitual en búsqueda de submarinos y así fueron rescatados los 317 sobrevivientes de esta historia tan espeluznante